El atlas de las nubes

EL ATLAS DE LAS NUBES:
MIRADAS DISTINTAS SOBRE UN FILME POLIÉDRICO

La última propuesta de los hermanos Wachowski, aliados en esta ocasión con el alemán Tom Tykwer, ha resultado ser una película ciertamente inclasificable en cuanto a género, autoría, independencia o producción mainstream, más allá de sus intrínsecos valores.
De gestación larga y costosa, no ha tenido el éxito comercial esperado, y ese “fracaso” puede llevar a disquisiciones de todo tipo sobre la encrucijada de unas determinadas formas cinematográfica.
Pero la película también genera otras reflexiones en torno a los sistemas y artificios narrativos, el conocimiento, la cuántica, la conciencia de los actos humanos, el propio género cinematográfico, la teoría del Big Bang, la implicación del espectador o la independencia artística con alma, paradójica, de blockbuster.
Un filme poliédrico que da pie a visiones e interpretaciones bien distintas.

EL ATLAS DE LAS NUBES
Alemania-USA-Hong Kong-Singapur, 2012. T.O.: Cloud Atlas. Directores: Tom Tykwer, Andy Wachowski y Lana Wachowski. Guión: Tom Tykwer y Andy y Lana Wachowski según la novela de David Mitchell. Fotografía: John Toll y Frank Griebbe. Montaje: Alexander Berner. Música: Tom Tykwer, Reinhold Hell y Johnny Klimek. Intérpretes: Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent, Hugo Weaving, Jim Sturgess, Susan Sarandon, Hugh Grant. Duración: 172 minutos

PELÍCULAS QUE NO SON SÓLO PELÍCULAS
Javi Cózar

No me parece a mí que hubiera mucho en común precisamente entre los respectivos universos fílmicos de Tom Tykwer y de los hermanos Andy y Lana Wachowski. El primero ha transitado un cine europeo digamos “de prestigio” con películas no demasiado complejas de argumentos frecuentemente ambiciosos pero dentro de los márgenes de un cine “pequeño”, mientras que los segundos se han enfangado sin complejos en el mainstream más aparatoso, apoyados por uno de los grandes productores-estrella de Hollywood como es Joel Silver. Por eso no deja de sorprenderme –y fascinarme- que con semejante historial previo hayan unido esfuerzos para producir una de las películas más bellas y desconcertantes de los últimos años.

Sin duda, entremezclar diversas historias a lo largo de un metraje generoso no es ninguna novedad, ya lo hicieron antes Robert Altman o Paul Thomas Anderson, por citar dos ejemplos más o menos populares. Sí lo es, seguramente, el que esas historias estén protagonizadas por las mismas personas en un lapso de tiempo con paradas en los años 1849, 1936, 1973, 2012, 2144 y 2321, pasando por lugares y épocas de la historia conocidos por todos que los tres directores no tienen más remedio que imaginar en las dos últimas paradas (el futuro de 2144 es una distopía hiper-tecnológica mientras que el de 2321 refleja una civilización post-apocalipsis nuclear). La novedad no radica tanto en que los protagonistas sean las mismas personas, sino precisamente en que lo son pero de una manera bastante particular: la película propone la paradoja de que nuestra esencia vaya mutando con el paso del tiempo pasando de cuerpo en cuerpo pero sin necesidad ni de mantener los mismos rasgos ni tan solo la misma personalidad. De ahí el hecho de que los mismos actores interpreten una variedad tan excesiva de personajes distintos, transformándose en hombres y mujeres con el paso de los siglos e incluso apareciendo en pantalla en lugares del plano tan insospechados que muchas veces pasan inadvertidos al ojo del espectador.

El atlas de las nubes salta pasmosamente de una época a otra sin ningún orden, y este capricho narrativo deviene una de sus más interesantes bazas: contadas en orden cronológico, las historias no tendrían el mismo impacto. De esta manera, Tykwer y los Wachowski se aseguran la atención del espectador, que no tiene más remedio que volcar toda su competencia audiovisual al servicio de la película si no quiere quedar descolgado de la narración. Ya sólo por esto merece la pena disfrutar de esta película. Y si las historias se entrecruzan entre ellas, no es menos compulsiva la ráfaga de referencias poco ortodoxas que escupe la película y que van desde Philip K. Dick hasta Harry Harrison o Ray Bradbury pasando por pinceladas de momentos históricos como el nazismo o la esclavitud en América.

El resultado de este cocktail tan pretencioso es definitivamente abrumador, ya sea para bien si se entra en el juego o para mal si uno se indigesta con el pastiche. El torrente narrativo de la película es tan caudaloso que no da tiempo a un suspiro a pesar de sus casi tres horas de duración. La simbología concurrente hace que no solo las personas y sus esencias tengan relación de unos episodios a otros, sino también elementos como los puentes tienen una importancia decisiva en diferentes partes de diferentes relatos. La película no siempre es transparente en la exposición de estos símbolos, y de hecho algunos de estos detalles aparecen como flashes y no vuelven a aparecer, y uno no sabe muy bien si esto es como sus directores lo planearon y uno no ha encajado todas las piezas del puzzle o es que existe un montaje aún más extenso que explicaría mejor las cosas (en cualquier caso, también J.J. Abrams y sus colaboradores hicieron lo mismo, y durante seis años nada menos, en su hoy ya medio olvidada serie Perdidos (Lost, 2004-2010), y nadie les culpó de ello precisamente). Esta es una película en la que definitivamente, como espectador, hay que trabajar, y mucho.

Digo todo esto para dejar claro que El atlas de las nubes no es una película para todos los paladares pero, al mismo tiempo, se puede convertir en una experiencia fascinante si se es capaz de disfrutar con este rompecabezas tan extraordinario. Lo que Tykwer y los hermanos Wachowski han conseguido es capturar en tres horas de cine un amalgama de ideas y de sensaciones removiéndolas en una túrmix y lanzándolas a la cara del espectador que, estupefacto, las va atrapando como puede. Y por encima de todas estas ideas, una que nos abraza con una sobrecogedora certeza: somos gotas de agua en un océano, tal y como dice uno de los personajes al final de la proyección. Y esas gotas, nosotros, estamos conectados. En el tiempo y en el espacio de manera infinita y sin que lo sepamos. Una idea bellísima en sí misma que llega en un momento oportuno de crisis no solo económica, sino también de valores, una época de transformación hacia un futuro que será o no será como el que pinta El atlas de las nubes, pero que dependerá de un presente en el que se nos están agotando los motivos para indultar a la especie humana. En este contexto, El atlas de las nubes es una sinfonía (literal) de amor por la especie humana, una celebración de la vida expuesta de manera muy elocuente en toda la historia de amor entre Sixsmith y Frobisher, por ejemplo, pero también en momentos puntuales como la huida de la cárcel-asilo. El atlas de las nubes es, con toda probabilidad, una película necesaria, obligada, en los tiempos que nos ha tocado vivir, porque rebosa esperanza por todos sus lados. Y que haya costado tanto esfuerzo ponerla en pie (los tres directores buscaron –y consiguieron- financiación en lugares tan dispares como Estados Unidos, Alemania o Hong Kong, y la rodaron en Mallorca, Alemania, y diversas localizaciones de Escocia) demuestra que lo que ha movido a todos sus implicados es un extraordinario acto de amor por la historia que cuenta el film: ejemplos tan elocuentes como que la pléyade de estrellas que interpreta a los principales personajes se haya rebajado el caché para poder participar en la película (de lo contrario sencillamente no habría habido película, o no desde luego con estos actores) y que se hayan sometido a un kafkiano plan de rodaje, o que Halle Berry sufriera un accidente justo antes de la filmación y rompiera a llorar en un encuentro con los directores pensando que la iban a despedir, no hacen otra cosa que subrayar la implicación emocional de todos ellos y nos obliga a mirar la película con otros ojos, casi que nos obliga a amarla.

En 1980 Peter Gabriel publicó como sencillo la canción protesta “Biko” esperando que se convirtiera en un himno contra el apartheid sudafricano. La canción recibió una tibia acogida y ni mucho menos se convirtió en un himno… no al menos entonces, porque con el paso de los años, y especialmente a partir del estreno de Grita libertad (Cry freedom, Richard Attenborough, 1987), la canción ha ido adquiriendo ese estatus que tanto deseaba Gabriel y hoy día (hace muchos años, en realidad) sí que es considerada como uno de los más importantes himnos contra el apartheid. El atlas de las nubes, en su exuberancia poética, en su ambición artística, posiblemente fue concebida para convertirse en película de culto instantánea, en éxito de la misma cinefilia mundial que encumbró hace años La fuente de la vida (The fountain, Darren Aronofsky, 2006), película con la que guarda no pocas concomitancias. Pero ha fracasado en su objetivo: no solo ha pasado inadvertida en las taquillas de aquellos países donde se ha estrenado, sino que los premios anuales más representativos de la industria (Oscars, Globos de Oro, etc.) la han ignorado por completo. Solo el tiempo dirá si, finalmente, las generaciones posteriores convierten El atlas de las nubes en lo que debió ser desde el primer día y no fue, como ocurrió con “Biko”.

DESDEL BIG BANG HASTA UNA CRÍTICA DE CINE
Joan Ruiz Garcia

No sería capaz de hablar de ciencia, ni física, ni química, ni astroetcétera que ayude a explicar algo sobre el Big Bang, pero la teoría, como mínimo es bonita. Una gran explosión dónde un todo estaba concentrado y desde entonces nos encontramos en una infinita expansión de ese gran cataclismo. Un sinfín de procesos causa-consecuencia que han gestado toda la vida, la historia, la humanidad, la naturaleza, todo, hasta conformar nuestro presente más inmediato. Los helenos creían en una estratificación de la existencia en que los dioses, los vivos y los muertos vivían en sus respectivos mundos y el motor que hacía funcionar todo era el Amor. Un Amor universal superior a todo que rige estos devenires de causa-consecuencia y que en el fondo es el motivo por el cual estoy escribiendo ahora y por el que me estas leyendo.

En El atlas de las nubes (Cloud Atlas, Tom Tykwer, Andy Wachowski y Lana Wachowski 2012) late con fuerza esta idea. Seis historias en contextos espacio-temporales distintos que guardan distancias y acercamientos constantes. Las seis narraciones mantienen una cierta premisa de que todo está conectado y elaboran una monumental tela de araña que te atrapa en un gozoso intento de situarte, para que tu mismo puedas desvanecerla con jactante facilidad temática. Se trata de una historia contada en estética y en retos narrativos y cinematográficos ya experimentados, proponiendo un constante juego al espectador en intuir, plantar y sugerir elementos comunes en las seis historias, ya sean los propios actores encarnando diferentes papeles, una marca, un tatuaje, un trabajo muy interesante del montaje y la música y sobretodo una estructura narrativa interna en cada una de las seis historias más o menos igual: un individuo o un conjunto en rebeldía contra un cierto status quo.

Vivimos tiempos brutales, una crisis universalizada atiza anhelos de cambio y los creadores de Matrix (Matrix, 1999) y Corre, Lola, corre (Lola Rennt, 1998), retoman oportunistamente esta idea para retratar este espíritu latente en todas las historias: abolicionistas, periodistas molestos, ancianos en fuga, la resistencia en un futuro distópico, jóvenes virtuosos, subyugados e incomprendidos y vestigios humanos en un mundo post-apocalíptico. El atlas de las nubes y su aire magnánimo, transtemporal y omnisciente se destina a radiografiar este espíritu contemporáneo haciendo hincapié –cómo me gusta esta palabra- en la desobediencia y la esperanza revolucionaria como las fuerzas que hacen avanzar la humanidad. Conquistar la condición humana desde el Big Bang hasta nuestros días.

Son varios los relatos que nos ha brindado la historia del cine que trabajan en registros temporales distintos pero íntimamente ligados, des de Intolerancia (Intolerance, Griffith 1916) a Tiempos de amor, juventud y libertad (Three Times, Hou Hsiao-Hsien 2005), y en casi todas las obras que trabajan estas estructuras podemos encontrar un afán de hablar sobre la condición humana, como si las historias que viven los personajes en diferentes tiempos y registros se universalizasen por el hecho de ponerlas en esta inquietante relación transtemporal.

El diálogo entre las diferentes historias, los diferentes tiempos, dota de aurea metaficcional el conjunto, los personajes son reconocidos como personajes dentro de la misma ficción. Tom Hanks o Halle Berry haciendo varios papeles, dan a entender que si todo es un gran artificio narrativo, juguemos al máximo con eso. El atlas de las nubes proviene de la novela homónima de David Mitchell, dónde propone la estructura narrativa dividiendo las seis historias en dos, hecho que los Wachowski y Tykwer subvierten llevando las seis historias entrelazándose anárquicamente en ocasiones y minuciosamente según el estado de sus protagonistas, en otras. Traducir el artificio narrativo de David Mitchell en un montaje de cadencias, interrupciones e incesantes vaivenes, que me llevan a pensar en lo que más me ha interesado de la película, la musicalidad que tiene su montaje, el film entendido operísticamente como una sinfonía incesante, sinestésica y placentera. No me interesa aquello qué me cuentan, sino la sensación que me suscita el cómo me lo cuentan. Así pues, que esta crítica sea causa de algo.

NUEVA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO
Sara Martínez Ruiz

Una tribu anacrónica que tanto podría ser medieval como una versión convencionalista de un Juego de tronos entre pastores (Muro y todo); un honorable abogado enrolado por extrañas circunstancias en una casi aventura pirata en alta mar bañada de un aura de reivindicación antiesclavista; un compositor romántico enamorado eternamente, por supuesto, a partes iguales de un amante prohibido y de la Música, en la que dejará su trágica huella imborrable como todo artista decimonónico que se precie; una obstinada activista impregnada de la justicia poética y activa de todo buen periodista de los 70; una disparatada pandilla de ancianos de manual de comedia británica de paredes de papel de flores y una caza de brujas futurista en liza por evitar el sometimiento de la población a través del conocimiento.

Éste es el complejo rompecabezas de historias que se entrecruzan a través del tiempo y el espacio de forma enrevesada pero poco atrevida durante casi tres horas de largo metraje repleto del movimiento externo que no consigue internamente. Todo ello encajado en una puesta en escena convencional que pica de aquí y allá en un bombardeo incesante de mensajes en todas direcciones, que o bien digieres a ritmo de fast food o directamente dejas pasar después de la primera hora para finalmente llegar abatido a lo que se podría resumir en una pregunta capital, tan cuestionada históricamente como magnánima e inabarcable… Siguiendo la línea de pensadores como Sócrates o Platón, esta dirección coral y a la vez homogénea parece querer dejar su propia visión ensayística sobre la existencia como ya hicieran otros artistas en un momento u otro de su carrera desde diversas disciplinas. Respuestas propias a las preguntas que ya se planteaba Platón en su Caverna (El mito de la caverna, Libro VII de La República, Platón). ¿Lo verdadero es aquello aparente ante nuestros sentidos o es fruto de la razón? ¿Es el conocimiento la base para ser libres o por el contrario nos esclaviza la búsqueda de la verdad y en el fondo nos hace presos de nuestra propia existencia? ¿Cuál es el lugar entonces para las creencias? Y por extensión, ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos? O ¿hasta qué punto somos dueños de nuestros actos y conscientes de sus repercusiones?

Libertad y conocimiento, verdad y bien a través de los tiempos y contextos en una apuesta por la luz al final de la caverna que, no obstante, queda aturdida por una multitud de referencias indiscriminadas que aluden al cine, la pintura e incluso los videojuegos, en un intento de personalizarla hasta dejarla sin identidad de ningún tipo. Esta nueva caverna wachoskiana de puesta en escena torpe dista, sin embargo, bastante de la dialéctica siquiera comparable del maestro del siglo IV-V a.C., complicándose en metáforas con forma de clichés y conexiones fáciles. Tanto en lo relativo a la banda sonora, donde un Cloud Atlas plano e incomparable con ninguno de los pasionales románticos se erige como obra maestra, y los momentos de clímax se producen por burdo engordamiento del sonido hasta su explosión; como en lo que a imagen se refiere, partiendo de la propia de unos irreconocibles actores totalmente escondidos detrás de capas y capas de grotesca caracterización y vestuario de telefilme “de época” (¿qué época? Una especie de nebulosa confusa y una vez más sin rasgos claramente identificables).

Si bien hay que reconocerles un cierto intento de atribuir criterios diferenciales en función de las historias, el intento queda como tal con una puesta en escena a medio gas que desaprovecha la baza de jugar con seis caras radicalmente opuestas de un mismo dado. El ortoedro que podría ser caleidoscópico acaba conformando una apariencia nada sorprendente a excepción de contados planos referenciales y bellos como unidades aisladas pero totalmente descontextualizados en el conjunto de una obra sin rasgos estilísticos propios o, como mucho, autoplagiados (estos últimos, sin duda, los más atractivos).

Lejos de atrapar, en definitiva, esta producción de aspiración megalítica acaba siendo, mejor dicho, un megalito impenetrable que más bien conviene rodear antes que enzarzarse en rascar entre capas y capas de chinitas que rebotan en todas direcciones e impiden profundizar en el quid de la cuestión.

LA TRANSFORMACIÓN DEL PAISAJE CINEMATOGRÁFICO
Quim Casas

A uno de los muchos personajes que encarna el excelente actor británico Jim Broadbent en El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2012) pertenece esta frase que pone el acento en la colisión entre la estructura clásica del relato y todos los artilugios narrativos que han causado furor, sobre todo en los últimos años: “Aunque no me gustan las flash backs, las anticipaciones y otros efectos, esta historia puede funcionar”, asegura el editor literario interpretado por Broadbent. Evidentemente, lo que sigue, El atlas de las nubes, es una película de raíz fantástica (por tema y por elección narrativa, repleta de todos esos artilugios que tanto odiaban cineastas como Howard Hawks y tanto fascinaban a directores como Nicholas Ray, es decir, el conflicto del relato no es patrimonio tan solo del cine contemporáneo), a la vez que un filme que, más allá de su estricto interés temático, pone el acento, y lo hace bien, en esta reestructuración del orden narrativo sobre la que se sustenta una buena parte del cine actual.

Esta descomposición a veces tan radical del relato clásico, el de tres actos, ya no pertenece solamente al cine independiente (Gus van Sant, Hal Hartley), a la revolución que han causado determinadas cinematografías y autores asiáticos (Apichatpong Weerasethakul, Hou Hsiao-hsien, Tsian Ming-liang) o a la nueva ficción televisiva norteamericana (Perdidos, Héroes, Damages, Breaking Bad, Flashforward, Boss), sino que se incrusta en el seno del cine de Hollywood, aunque la película realizada por los hermanos Wachowski y Tom Tykwer se haya financiado de modo independiente pese a su costosa logística de producción, y ya en tiempos del cine mudo –nada es inmutable– Hollywood acogiera este sistema narrativo en la gran producción (Griffith, Keaton).

También en esto resulta muy interesante El atlas de las nubes, película que difumina en su propia existencia las fronteras entre el cine mainstream y el cine de autor, entre el cine de gran producción y la fisonomía cada vez menos reconocible o definible del cine indie, mostrando lo que ocurre al otro lado del espejo, el reverso de lo que siempre nos hemos creído. Si hasta ahora era habitual que directores independientes escalaran posiciones para llegar al cine de producción más estandarizada (Steven Soderbergh, los hermanos Coen, Tim Burton), ahora resulta que los artífices de uno de los artefactos más poderosos del cine hollywoodiense de los últimos quince años, los Wachowski de Matrix (Matrix, 1999), deben buscarse la vida con inteligencia y paciencia para lograr la financiación de El atlas de las nubes, filme que aparece bajo pabellón de Estados Unidos, Alemania, Hong Kong y Singapur, ha sido filmado en distintos lugares de Mallorca, Alemania y Escocia, contado con ocho compañías de producción y costado 102 millones de dólares. Ya sé que esto no sería cine independiente, pero la independencia no está solo en la inversión, también en la gestación; no olvidemos que Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939) fue una producción independiente de los estudios de Hollywood.

Son motivos suficientes para que un producto de las características de El atlas de las nubes resulte elocuente, relevante y, sobre todo, muy revelador en cuanto a la actual configuración del paisaje cinematográfico internacional. Personalmente me resulta más sugerente la propia existencia del filme por estas razones que por sus diatribas sobre las trayectorias cuánticas, por esa sensación de que cada una de las situaciones contadas puede tomar otras direcciones, por el esfuerzo de todos los actores por convertirse en intérpretes camaleónicos en la tradición de Lon Chaney o Peter Sellers, o por equipararse a la interpretación que Robert Altman hizo de los feroces relatos de Raymond Carver en Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993), entrelazándolos puntualmente entre sí cuando en el libro original tenían vida independiente y auto-conclusiva.

O quizá toda esta lectura del filme esté influenciada por otro comentario del lúcido personaje de Jim Broadbent: “¿Qué es un crítico sino alguien que lee con prisas?”. Pongamos pues pausa, ante El atlas de las nubes o ante cualquier otra película, pues las brechas que quizás abra están aún por confirmar.

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